Mi muro me protege, pero me impide ver

«Yo siempre he sido así», «no puedo», «todos me van a mentir alguna vez, así que mejor no creo en nadie», «el amor es para tontos», «prefiero quedarme seguro en casa», «no esperes nada bueno de mí», «no me hace feliz, pero este trabajo cubre mis gastos». Estas y otras frases que nos repetimos funcionan como muros protectores para armarnos un lugar cómodo y seguro.

Amurallarnos funciona en determinadas ocasiones, cuando nuestra integridad corre peligro, pero si elegimos vivir ahí para siempre, puede que no conozcamos todas nuestras capacidades o nos perdamos de experiencias enriquecedoras.

Lo bueno de los muros es que uno puede elegir cómo y con qué construirlos. Y hasta podemos derribarlos para ampliar la zona segura. Podemos reubicarlos, hacerlos más flexibles, más bajos o más dinámicos.

Llega un punto en que, como adultos, podemos comprender que somos los principales responsables de lograr vivir la vida que queremos, de manera individual y colectiva. Nuestra realidad la vamos conformando según lo que tomamos para nosotros mismos dentro del entramado de potenciales posibilidades a nuestra disposición.